Puedo quedarme media hora, y a veces hasta una hora, frente a un cuadro. Observo los trazos, los colores y las formas; trato de descubrir qué me dice una imagen que, a primera vista, parece abstracta. En ocasiones, siento escalofríos. Hay algo en esa obra que me emociona, aunque no siempre encuentre las palabras para explicarlo.
No soy un experto en arte. Mi trabajo como periodista me ha permitido entrevistar a artistas, conocer sus procesos y acercarme a distintas expresiones culturales. Creo que parte de esa sensibilidad comenzó mucho antes, con la educación artística que recibí en la escuela. Aquellas clases dejaron una disposición a observar, sentir y hacer preguntas.
A veces pensamos que el aprendizaje artístico solo tiene sentido para quien aspira a vivir de él. Si un niño no será músico, nos preguntamos para qué necesita un instrumento; si no será pintor, qué utilidad tendrán sus dibujos. Esa manera de pensar reduce la educación a una preparación para el empleo y deja fuera experiencias que también pueden enriquecer nuestra forma de vivir.
Recuerdo que en la universidad me preguntaba para qué debía estudiar matemáticas si mi profesión sería el periodismo. Con el tiempo, encontré utilidad en aquellos aprendizajes: organizar mis gastos, calcular pagos, comparar cantidades y comprender decisiones económicas de la vida cotidiana. Aunque no utilizo cada fórmula que aprendí, reconozco el valor de haber ejercitado el razonamiento y la búsqueda de soluciones.
Con el arte puede ocurrir algo parecido. Quizás nunca toquemos frente a un público ni expongamos una pintura. Sin embargo, podemos descubrir el placer de leer un buen libro, escuchar con atención una pieza musical o reconocer el esfuerzo detrás de una escultura. También podemos encontrar una forma de expresar emociones que, hasta entonces, no sabíamos cómo compartir.
En una entrevista, el gestor cultural Lincoln López, relató una anécdota sobre una graduación masiva de estudiantes de violín en Japón. Según contó, ante la pregunta de qué haría el país con tantos violinistas, la respuesta del funcionario japonés fue: «Japón no quiere más violinistas, quiere mejores ciudadanos». Recuerdo aquella idea porque me hizo pensar en todo lo que esperamos de la educación y en aquello que a veces olvidamos pedirle.
Más allá de los detalles de esa historia, la aspiración tiene relación con la filosofía del pedagogo japonés Shinichi Suzuki, quien concebía la enseñanza musical como una oportunidad para formar seres humanos sensibles y buenos ciudadanos. El horizonte de una educación artística puede extenderse mucho más allá del escenario y acompañarnos en nuestra relación con otras personas.
No creo que apreciar una pintura convierta automáticamente a alguien en una buena persona. Tampoco que quien no haya recibido educación artística carezca de sensibilidad. Pero sí entiendo que el arte puede ofrecernos oportunidades para cultivar la paciencia, escuchar otras voces y acercarnos a realidades distintas de la nuestra.
Un libro puede permitirnos mirar el mundo desde los ojos de alguien que vive de otra manera. Una obra teatral puede plantearnos un conflicto que nunca habíamos considerado. Una canción puede devolvernos un recuerdo o ayudarnos a reconocer una emoción. Al encontrarnos con esas experiencias, tenemos la oportunidad de ampliar nuestra mirada y cuestionar nuestros propios juicios.
Esa apertura también puede acompañarnos en acciones cotidianas: ayudar a quien lo necesita, escuchar sin interrumpir o permitir que un peatón cruce con tranquilidad. En el tránsito podemos responder al error ajeno con prudencia, sin convertir cada encuentro en una competencia. La sensibilidad encuentra sentido cuando se expresa en respeto, atención y consideración hacia quienes comparten la vida con nosotros.
Tal vez por eso me interesa tanto lo que ocurre después de cerrar el libro, salir del museo o terminar la música. ¿Qué permanece en nosotros? ¿Qué cambia en nuestra manera de mirar? El arte puede dejarnos una emoción, una pregunta o una inquietud que siga trabajando silenciosamente en nuestra conciencia.
Embriagarnos de arte puede ser una invitación a detenernos y descubrir lo que la prisa nos impide apreciar. Esa experiencia merece comenzar desde la infancia y estar al alcance de todos. Sobre cómo abrir esas puertas desde la escuela, la familia y la comunidad volveré en la próxima entrega.
El autor es licenciado en Comunicación Social, magíster en Gestión Ambiental y docente sustituto en UTESA.
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