Muchas veces tenemos la idea errónea de que mientras más complacemos a una persona y le damos lo quiera en el momento que lo requiera mayor bien le estamos haciendo a la persona.
Independientemente de quien sea esta, un hijo, una hija, una amistad, familiar, no siempre complaciendo estamos haciendo aportes positivos, enseñanzas productivas a esa persona.
He visto muchos casos, principalmente en las relaciones padres-hijos donde los padres quieren complacer en todo a sus hijos. Basan sus acciones en que hay que darle lo que ellos no tuvieron.
Muchas veces bajo esas acciones hay una máscara oculta, complejos de culpabilidad porque no le han dado el tiempo en cuanto a calidad se refiere a sus hijos y quieren sustituir ese compromiso innegociable con vanas y superfluas complacencias.
Es más fácil para muchos padres y madres de hoy comprarle a sus hijos el artefacto tecnológico más caro del mercado, el carro del año, la ropa a la moda, que dedicarle el tiempo para enseñarle los valores básicos que en un futuro le servirán de herramientas para enfrentar la vida en todas sus manifestaciones.
Es mucho más fácil comprarle el pescado del consumismo irracional que enseñarles a pescar de forma selectiva valores trascendentes en el mundo que nos rodea.
Es mucho más fácil al momento de juzgar los comportamientos de la actual generación, señalar lo negativo de la misma, sin darnos cuenta que hay cuatro dedos de la mano acusadora que apunta al lado de quien señala. Dedos que cuestionan a quien complace, pero que no tiene el tiempo ni la disposición de educar.
No es lo mismo complacer que educar porque educar requiere mucho tiempo, compromiso, actitud, sacrificio que no siempre estamos dispuestos hacer pero que al final del día si lo hacemos son los que van a rendir frutos en esta siembra cotidiana de educar. ¿Qué esperamos?
La autora es abogada y docente universitaria
Comentarios0
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!