En Psicología la insatisfacción se define como una prolongada actitud y sentimiento de carencia de aquello que deseamos desesperadamente pero que no obtenemos pese a que nos esforzamos en adquirir eso que nos falta, y su origen está en que no sabemos cuáles de nuestros actos, posesiones y de nuestras actitudes son verdaderamente importantes para nosotros mismos.
La insatisfacción puede ser de tipo intelectual, religiosa, moral, relacional, físico-corporal (esta última es bastante común entre mujeres que al no sentirse conformes con sus senos y barriga van al cirujano que más se anuncia) o socioeconómica, pero estas tres últimas, o sea, la relacional, la física-corporal y la socioeconómica son las peores porque las personas con tales insatisfechas convierten su “carencia” en un comportamiento compulsivo, en una dolencia emocional cuasi incurable que no solo le afecta íntimamente a ella, sino que luego reduce su existencia a la búsqueda y al señalamiento de los “culpables” de que no haya podido hallar lo que le hace falta. Así que su vida cotidiana la consume en dedicar su enfermiza atención, su pobrísima vitalidad, a la injuria, a la acechanza y a la infamia de aquellos sobre los que hace llover su desgracia al culparlos de su insatisfacción.
En nada se parece una insatisfacción intelectual o religiosa a una insatisfacción social o relacional de un individuo. Mientras que un insatisfecho intelectual es capaz de utilizar la inteligencia para orientarse y dirigirse a la búsqueda de situaciones, conexiones y campos nuevos o poco conocidos, puesto que comprende que la inteligencia sirve para aprender, comprender, deslindar y relacionar sucesos, contenidos y contextos con sentido hasta que culmina con un hallazgo intelectual o artístico extraordinario que colma su espíritu y extingue su insatisfacción, el insatisfecho social o económico o relacional es incapaz de separar lo verdadero de lo falso, el trigo del abrojo.
Incluso, ni siquiera es capaz de atemperar su conducta contrapuesta. De modo, que a diferencia del gallo de pelea que frente a un rival en que percibe que debe atacar o huir, recurre transitoriamente a picotear el suelo, la persona emocionalmente insatisfecha recurre a atribuirle sus propias bajezas, sus propias incompetencias y fallas a quienes escoge como su “banquito de picar”.
Curiosamente, no son los textos de Psicología los que más y mejor describen la conducta de la persona insatisfecha, sino las grandes obras de ficción de la literatura universal.
Por ejemplo, cuando usted lee el Macbeth, el Rey Lear o El Hamlet de William Shakespeare, descubre cómo de una forma sorprende, este autor describe paso a paso y con una precisión algorítmica, la gigantesca insatisfacción moral de Hamlet ante la incalculable corrupción y dilemas que azotaban a la sociedad donde creció y vivió. En tanto que en Macbeth y El Rey Lear, Shakespeare narra crudamente la inacabable insatisfacción de ambos personajes al perseguir un poder que corrompe.
Si usted lee la novela cumbre de Franz Kafka, La Metamorfosis, verá que Gregorio Samsa, está tan atormentado por una insatisfacción productiva (es decir, su salario no le alcanza para cubrir sus necesidades), que en poco tiempo se convierte en un gigante escarabajo, pero ni aún así, su insatisfacción acaba. Aún convertido en un coleóptero insecto, es un escarabajo convencido de que nada lo gratificará.
¿Y cuál es el problema del hombre celoso dominicano? Ah, que vive con la insatisfacción de que no tiene los méritos para que ninguna mujer lo quiera y que por tanto él tiene que lograr el apego emocional, el cariño de su mujer a la brava, así que la vigila a ella y a su teléfono celular, la coerciona, acecha, amenaza y golpea o la asesina. Un celoso me dijo: “Pa mí que el celular lo inventó el diablo para que yo viva al salto de la pulga detrás de mi mujer que ya van 4 que le rompo”.
Pero el colmo de hasta dónde llega la tragedia humana a causa de una insatisfacción social padecida por alguien, la describe el cuentista francés Guy Maupassant en el cuento El collar incluido en su libro “Cuentos del día y de la noche” (1884).
Matilde, la protagonista, vive miserablemente al lado de un marido pobre, existencia que ella oculta recurriendo a la apariencia de que es parte de un matrimonio burgués. Quiere asistir a una noche de gala con damas de primera y para ello necesita lucir un costosísimo collar que no puede comprar.
Madame Forestier, a quien ella le hacía la limpieza de su chalet semanalmente, le prestó un collar que Matilde había visto en un cofre de la casa y que a ella le pareció de alto precio por su brillantez.
Matilde dijo: “Cuando me vean lucir este collar, despertaré la envidia de todas las damas que asistan al convite. ¡Cómo disfrutaré verlas empequeñecidas ante mi llevando un collar tan costoso! Todas esas piltrafas no tendrán más que reconocer que soy igual o mejor que ellas”. Pero cuando fue al baño para enderezar su corsé, el bendito collar se le extravió y solo supo de él después de trabajar como burra durante diez años para ganar el suficiente dinero y así comprar otro igual y dárselo a Madame Forestier. Sin embargo, al recibir el nuevo collar, Madame Forestier le dijo:
--No debiste trabajar durante tantos años para pagarme ese collar, pues era ¡de FANTASÍA!
La lección de este cuento es que la insatisfacción social que derrite la vida de miles de personas en nuestro país, le genera rabia, dolor, contra culpables que solo existen en la mente enferma de los insatisfechos. Pero es fatal alimentar y cultivar una insatisfacción, ya que, tal como dice la canción de Leonardo Favio “la tragedia es suya y nadie más”.
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