Interlíneas edición 11 de agosto 2026

Interlíneas edición 11 de agosto 2026

Juan Luis Guerra en la clausura de los juegos.

!Buenos días amigos!...Hay momentos en que una nación deja de ser un territorio y se convierte en un sentimiento. No importa entonces dónde ondee la bandera, si sobre el Caribe o entre los rascacielos de Manhattan; tampoco importa la distancia que separa a Santo Domingo de Nueva York. Hay instantes en que los dominicanos descubrimos, casi sin proponérnoslo, que seguimos perteneciendo a una misma memoria.

Este fin de semana fue uno de esos momentos. 

Dos acontecimientos, aparentemente distintos, terminaron encontrándose en un mismo punto: el orgullo de ser dominicano. En Santo Domingo, los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 bajaron el telón después de 16 días de competencias, mientras en Nueva York miles de quisqueyanos celebraban su identidad y su cultura durante el tradicional desfile dominicano.

 Dos escenarios, dos ciudades, dos maneras de celebrar; pero un mismo corazón latiendo al compás de una bandera. En la capital dominicana, la Arena Banreservas Virgilio Travieso Soto, en el Centro Olímpico, fue escenario de la ceremonia de clausura de unos Juegos que reunieron a unos 6.200 atletas de 37 países, en 40 deportes y 53 disciplinas.

 Fueron días en los que la competencia dejó de ser únicamente una lucha contra el cronómetro, la distancia o el adversario, para convertirse también en una oportunidad de mostrar al mundo la capacidad de organización, hospitalidad y entusiasmo de los dominicanos.

Y cuando llegó la hora de despedirse, el deporte cedió espacio a la música, como suele ocurrir en una tierra donde celebrar también es una forma de afirmar quiénes somos.

Juan Luis Guerra, acompañado por el coro “Más que Vencedores”, interpretó “Canto a la Patria”, aquella canción que el propio artista donó al Estado dominicano en 2006. Después, Ilegales puso a vibrar el aforo y convirtió la despedida en fiesta. Porque aquí hasta las despedidas tienen ritmo; hasta el adiós encuentra un merengue para quedarse un poco más.

Pero mientras Santo Domingo cerraba sus Juegos, Nueva York abría sus calles a otra expresión de la dominicanidad. El tradicional desfile dominicano, en su 44 aniversario, reunió a miles de quisqueyanos a lo largo de la Sexta Avenida bajo el lema “Dominicanos: Identidad y Cultura”.

 Merengue, bachata, colores, banderas y rostros de varias generaciones recordaron que la dominicanidad no termina en nuestras costas. Se prolonga en quienes un día partieron, en sus hijos y nietos, en quienes construyeron sus vidas lejos de la tierra de origen sin renunciar a sus raíces.

Y entonces ocurrió una de esas imágenes que dicen más que cualquier discurso. El Empire State Building se iluminó con los colores de nuestra bandera: rojo, azul y blanco.

Desde aquella inmensa estructura de acero y cristal, que tantas veces ha simbolizado el poder y la grandeza de Nueva York, parecía descender por un instante una pequeña porción del Caribe. El azul, el rojo y el blanco se levantaron sobre la ciudad como una declaración silenciosa: aquí también estamos nosotros.

Quizás allí se encuentre la verdadera dimensión de estos dos acontecimientos. Los Juegos nos recordaron que podemos encontrarnos alrededor de una pista, una cancha, una piscina o un estadio. 

El desfile nos recordó que podemos encontrarnos también alrededor de una canción, una bandera, una tradición o un recuerdo. En ambos casos, lo esencial no fue solamente ganar o celebrar. Fue reconocernos. Porque una nación no se sostiene únicamente sobre sus fronteras. Se sostiene sobre aquello que sus hijos llevan consigo cuando cruzan esas fronteras.

La patria viaja. Viaja en una maleta, en una receta familiar, en una fotografía, en el acento que se resiste a desaparecer. Viaja en el merengue que suena en una calle de Washington Heights, en la bachata que acompaña una reunión familiar en Queens y en la bandera que alguien coloca en el balcón de un apartamento en cualquier ciudad del mundo.

También viaja en la memoria. Por eso, mientras Santo Domingo despedía a los atletas de Centroamérica y el Caribe y Nueva York celebraba a miles de dominicanos, ambas escenas parecían responderse desde la distancia. Una hablaba de nuestra capacidad de recibir; la otra, de nuestra capacidad de permanecer.

Y quizá esa sea una de las grandes lecciones de estos días: podemos vivir lejos sin sentirnos ajenos, podemos competir sin dejar de abrazarnos y podemos celebrar en ciudades diferentes sin perder el mismo sentido de pertenencia.

Al final, los grandes acontecimientos pasan. Las medallas se guardan, las luces de los estadios se apagan, las carrozas abandonan las avenidas y las banderas vuelven a doblarse. Pero queda algo más profundo. Queda la certeza de que, cuando un dominicano levanta una bandera en Santo Domingo o en Nueva York, no está levantando solamente tres colores. Está levantando una historia, una música, una manera de mirar la vida y una memoria colectiva que ha sabido sobrevivir a la distancia.

 

 

Quizás por eso el rojo, el azul y el blanco se ven tan bien desde lejos. Porque cuando la patria se lleva en el corazón, ninguna distancia es suficientemente grande para apagarla....Dios los bendiga en cada amanecer 

 

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Autor

Servio Cepeda Baré

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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