!Buenos días amigos!... Hay días en que la vida parece empeñarse en recordarnos que la cultura no cabe en una sola definición. Puede vivir en una canción, en una voz que se quiebra de emoción sobre un escenario, en la noticia feliz de una familia que crece, en una industria musical que descubre que el idioma español ya no pide permiso para conquistar el mundo.
Y, de pronto, puede aparecer entre cocoteros, productores y exportadores, como si la economía también quisiera entrar en la conversación sobre lo que somos.
Por eso me resulta particularmente sugerente la llegada a Santiago de Íntimo, el espectáculo que reúne a Frank Ceara y Adalgisa Pantaleón, después de tres meses de éxito en la capital. Hoy y mañana, el bar Moisés Zouain del Gran Teatro del Cibao será ese territorio donde la música abandona por un momento la distancia del gran escenario para recuperar algo esencial: la cercanía.
Hay una verdad antigua en los conciertos íntimos: cuando disminuye la distancia entre el artista y el público, aumenta la posibilidad de que aparezca la emoción verdadera. Ceara y Adalgisa prometen precisamente eso, acompañados por el pianista Luis Emil Pimentel, responsable de la dirección musical y los arreglos, y por Eudy Ramírez, “El Pulpo”, en la percusión.
No será solamente escuchar canciones; será asistir a ese extraño milagro mediante el cual una melodía consigue convertir recuerdos privados en memoria colectiva...
Mientras tanto, Karina Alarcón comparte otra forma de celebración: la llegada de un nuevo integrante a su familia. La noticia de que Elena será hermana mayor nos recuerda que también existen canciones que no necesitan música. Hay anuncios que parecen sencillos, pero contienen una de las melodías más profundas de la existencia: la vida que continúa.
Y en Miami, Maluma se incorpora a la Semana Billboard de la Música Latina, un encuentro que vuelve a colocar sobre la mesa una realidad que ya no admite discusión: la música en español dejó de ser una expresión regional para convertirse en una de las grandes fuerzas culturales de la industria global. El idioma que durante décadas tuvo que abrirse camino ahora viaja con naturalidad por las plataformas, los escenarios y las audiencias del mundo.
Pero entonces ocurre el cambio de paisaje. Salimos de las luces, del espectáculo y de las celebridades, y llegamos al campo. Y quizá no sea un cambio tan drástico como parece. Porque también allí hay una historia que necesita ser contada.
La propuesta del empresario agroindustrial y exportador José Ramón Peralta Fernández, durante la primera Cumbre del Coco de República Dominicana, de crear una mesa nacional que articule productores, industria, Gobierno, sector financiero y comercializadores, apunta hacia una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia: ¿cuántas oportunidades de desarrollo permanecen todavía escondidas detrás de nuestras propias riquezas?
El coco no es solamente una fruta. Puede ser empleo, exportación, innovación, industria y desarrollo territorial. Puede ser, si existe visión y coordinación, una cadena de valor capaz de transformar comunidades.
Y ahí encuentro el hilo invisible que une estas historias aparentemente distantes. Una canción necesita intérpretes, músicos, productores y público. Una industria musical necesita organización, inversión y visión. Una industria agrícola necesita exactamente lo mismo.
Quizá el verdadero desarrollo consista en aprender a reconocer el potencial de lo que ya tenemos.
Porque un país también se construye así: cuando aprende a convertir su talento en cultura, su cultura en identidad, su identidad en industria y sus recursos naturales en oportunidades.
Esta semana Santiago tendrá música para escuchar y, quizá, el país tenga también una lección para aprender.
Entre una canción de Frank Ceara, la voz de Adalgisa, la alegría de una familia que crece, el éxito internacional de la música en español y un coco que aspira a convertirse en industria, hay una misma certeza: lo nuestro adquiere verdadero valor cuando dejamos de mirarlo como algo cotidiano y comenzamos a entenderlo como patrimonio, posibilidad y futuro.
Al final, tal vez eso sea también la cultura: aprender a escuchar lo que somos, incluso cuando la canción viene de un escenario… o del silencio de una finca de cocoteros....Dios los bendiga en cada amanecer.
Comentarios0
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!