Interlíneas edición 8 de octubre 2026

Interlíneas edición 8 de octubre 2026

Silvino, Carlitos, Paolo, Raimundo y Modesto

¡Buenos días amigos!...Hay fotografías que no solamente retratan personas: retratan una época. Y hay lugares que, aunque hayan desaparecido de las calles, permanecen intactos en ese territorio donde el tiempo no consigue entrar: la memoria.

Este jueves de TBT quiero regresar a las grandes noches de Francifol Café, aquel inolvidable punto de encuentro que, durante las décadas de los 80 y 90, escribió páginas luminosas en la vida social de Santiago.

Porque hubo un tiempo en que salir de una actividad no significaba necesariamente regresar a casa. La noche apenas comenzaba a despedirse y, casi como un ritual, terminaba en Francifol.

Allí coincidían amigos, empresarios, artistas, periodistas, profesionales, parroquianos y visitantes ilustres.

Después de una cena, una presentación, una fiesta o cualquier acontecimiento social, siempre aparecía la misma pregunta, tácita o explícita: ¿nos vemos en Francifol? Y la ciudad sabía la respuesta.

Pero detrás de aquellas noches estaba la figura singular de Tomás Pichardo, un hombre que convirtió la hospitalidad en un verdadero arte. Tomás  —El Príncipe, como muchos lo llamaban— era un gentleman de aquellos que parecen pertenecer a una especie que el tiempo se ha encargado de hacer cada vez más escasa.

Tenía una cualidad extraordinaria: sabía recibir.

No hacía diferencias. Atendía personalmente, conversaba, reconocía rostros y hacía sentir especial a quien cruzaba las puertas de su estable-cimiento. Para él, cada cliente era, antes que nada, un invitado.

Y esa manera de entender la hospitalidad convirtió a Francifol en algo mucho más grande que un negocio: lo convirtió en una casa abierta a la vida social de Santiago.

La misma magia estaba presente en El Café, su famoso restaurante, donde parroquianos habituales compartían espacio con celebridades que llegaban a la ciudad. Allí también estaba Tomás, pendiente de cada detalle, cultivando esa antigua y noble costumbre de hacer sentir bien a los demás.

El mosaico gráfico que acompaña esta columna pertenece precisamente a una de aquellas noches divertidas, compartidas con el artista Frank Ceara. Al contemplarlo, uno comprende que las fotografías tienen una manera misteriosa de devolvernos lo que creíamos perdido. Allí están los rostros, la alegría y esa espontaneidad que hacía de aquellas reuniones algo imposible de repetir.

Porque el tiempo cambia las ciudades, pero también cambia las maneras de encontrarnos.

Tomás partió de este mundo y dejó un vacío que, a mi juicio, todavía no ha sido ocupado. Y quizá no pueda serlo. Hay personas cuya ausencia no se mide por el espacio que dejan, sino por la cantidad de cosas que dejaron de ocurrir después de su partida.

Lo suyo no era solamente administrar establecimientos. Era crear ambientes, cultivar amistades, reunir personas y convertir una noche cualquiera en una historia para contar muchos años después.

Por eso hoy, cuando el TBT nos concede el privilegio de mirar hacia atrás, Francifol vuelve a encender sus luces. Regresan las conversaciones, las risas, los encuentros inesperados y aquel Santiago que sabía prolongar la noche porque todavía encontraba razones para celebrar la amistad.

Y entre todos esos recuerdos aparece Tomás.

Elegante. Afable. Cercano. Anfitrión incomparable.

Quizás esa sea la verdadera inmortalidad: no que pronuncien nuestro nombre, sino que una ciudad todavía pueda sonreír cuando alguien lo recuerda.

Laureles para Tomás, El Príncipe, donde quiera que se encuentre.

Porque algunas noches terminan cuando amanece; pero las que fueron verdaderamente felices permanecen para siempre encendidas en el corazón... Siempre que Dios los bendiga en cada amanecer.

 

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Autor

Servio Cepeda Baré

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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