Bolonia es una ciudad extraordinaria. Más que ser uno de los grandes símbolos del Renacimiento europeo, representa uno de los centros intelectuales que contribuyeron a hacer posible la transición del mundo medieval al moderno. Su histórica Universidad de Bolonia, considerada la universidad en funcionamiento continuo más antigua de Occidente, se convirtió en un laboratorio de ideas donde el derecho, la filosofía, la ciencia y el humanismo sentaron algunas de las bases del pensamiento moderno. Desde allí se consolidó un modelo universitario que ejerció una profunda influencia en el desarrollo de la educación superior occidental. Por eso suele llamársela Alma Mater Studiorum, «madre nutricia de los estudios».
Recuerdo con emoción la ocasión en que fuimos invitados por la Universidad de Bolonia a la celebración de los 900 años de su fundación. La universidad más antigua de Europa conmemoró aquel aniversario con un gran acontecimiento académico, que reunió a invitados procedentes de distintas partes del mundo.
En esta extraordinaria institución estudiaron o estuvieron vinculadas algunas de las figuras más luminosas de la cultura occidental: Dante Alighieri, Francesco Petrarca, Nicolás Copérnico, Leon Battista Alberti, Giovanni Pico della Mirandola y Torquato Tasso; y, siglos después, científicos como Luigi Galvani y Laura Bassi. También estuvieron vinculados a ella escritores y pensadores de la talla de Giosuè Carducci, Giovanni Pascoli y Umberto Eco.
Pensar que por estos mismos espacios transitaron hombres y mujeres que transformaron nuestra manera de comprender el mundo produce una emoción difícil de explicar. Bolonia no es solamente una ciudad que conserva su pasado: es una ciudad que parece haber hecho del conocimiento una forma de vida.
Su legado intelectual trascendió las fronteras europeas y, a través de la expansión de las ideas, las instituciones educativas, el derecho, la literatura y el pensamiento humanista, contribuyó a la formación cultural de América Latina. Comprender Bolonia es, en cierta medida, acercarnos a una de las raíces de la tradición intelectual occidental que, con sus luces y sombras, dejó una profunda huella en la historia de nuestros pueblos.
Regresar a Bolonia, con mis hijos y nietos, tuvo para mí un significado muy especial. No era solo una visita turística, sino un reencuentro con uno de los lugares donde nació la universidad moderna y donde el conocimiento, el arte y la cultura fueron construyendo, a través de los siglos, una parte esencial de la historia de Occidente, cuya influencia llegó también a América Latina por medio de las universidades, el pensamiento humanista, la literatura, el arte y la transmisión del conocimiento que unió a ambos mundos.
Nos deslumbró la Catedral de San Pedro, con la sobriedad y la belleza de su arquitectura, pero también nos sorprendió descubrir, una vez más, cómo en Bolonia el pasado no permanece detenido. Vive en sus calles porticadas, en sus plazas llenas de vida, donde las personas se reúnen a conversar, mientras disfrutan de un delicioso gelato.
Este viaje fue también una oportunidad para reafirmar la convicción de que el conocimiento, la educación y la cultura han sido, a lo largo de los siglos, fuerzas esenciales para impulsar el progreso de los pueblos. Bolonia nos recuerda que las grandes transformaciones de la humanidad comienzan cuando una sociedad decide dar prioridad a las ideas, al aprendizaje y a la formación de las nuevas generaciones. Ese es uno de los legados más valiosos que esta ciudad continúa ofreciendo al mundo.
En los próximos días, les invito a conocer Bolonia desde estas perspectivas:
1. Bolonia: donde nació la universidad moderna
2. Una lección académica desde Bolonia
3. Bolonia y el origen de la universidad europea
4. Lo que Bolonia aún enseña al mundo
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