Florencia, una ciudad que vuelve a deslumbrar

Florencia, una ciudad que vuelve a deslumbrar

Volver a Florencia es reencontrarse con una ciudad que parece haber hecho de la belleza una forma de existencia. He tenido la oportunidad de visitarla en ocasiones anteriores y recorrer sus calles con amigos muy apreciados, académicos de la Universidad de Florencia.  Sin embargo, cada regreso produce una emoción distinta. Hay ciudades que se conocen; Florencia, en cambio, parece descubrirse una y otra vez. En mi reciente visita familiar, ya con sus calles, sus plazas y sus monumentos, volví a recorrerla con la certeza de que hay lugares que, aun después de haberlos visitado, conservan intacta su capacidad de sorprendernos.

Ubicada en el corazón de Italia, a orillas del río Arno, Florencia es la capital de la Toscana y uno de los grandes centros históricos, artísticos y culturales de Europa. Se encuentra a unos 235 kilómetros al noroeste de Roma y ocupa un lugar excepcional en la historia de la civilización occidental. Sus orígenes se remontan a un antiguo asentamiento etrusco y, posteriormente, a la colonia romana de Florentia, fundada en el año 59 antes de Cristo.

Pero la importancia de Florencia trasciende sus orígenes. Entre los siglos XIV y XVI alcanzó una extraordinaria preeminencia económica y cultural, particularmente durante el período de los Médici. Fue entonces cuando la ciudad se convirtió en uno de los grandes escenarios del Renacimiento y en una de las fuentes de la modernidad europea. En sus calles, palacios, iglesias y talleres se produjo una transformación profunda de la manera de comprender al ser humano, la naturaleza, el arte y el conocimiento.

Florencia es también la ciudad de algunos de los nombres fundamentales de la cultura universal: Dante Alighieri, Petrarca, Boccaccio, Maquiavelo, Giotto, Brunelleschi, Donatello, Botticelli, Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, entre muchos otros. La magnitud de ese legado explica que caminar por su centro histórico sea, en cierto modo, recorrer las páginas de una historia que cambió el destino cultural de Occidente.

Esa extraordinaria concentración de patrimonio llevó a la UNESCO a inscribir el Centro Histórico de Florencia en la Lista del Patrimonio Mundial en 1982. La declaración reconoce no solamente sus monumentos, sino el conjunto urbano y cultural construido a lo largo de siglos de creatividad. El centro histórico conserva iglesias, palacios, plazas, museos, puentes y obras de arte que testimonian la extraordinaria influencia de Florencia en el desarrollo de la arquitectura y las artes.

Y es precisamente ante ese patrimonio universal donde se comprende que Florencia no pertenece únicamente a los florentinos ni siquiera a los italianos. Su legado pertenece, por su trascendencia, a la humanidad.

En mi reciente visita ese sentimiento adquirió una fuerza especial al encontrarme nuevamente frente a la Catedral de Santa María del Fiore. La escena era impresionante: miles de turistas procedentes de distintas partes del mundo se concentraban en la Piazza del Duomo, contemplando, fotografiando y tratando de capturar con la mirada una de las imágenes más reconocibles de la cultura occidental.

La catedral, cuya primera piedra fue colocada en 1296 bajo la dirección de Arnolfo di Cambio, domina el espacio urbano con una presencia monumental. Sus dimensiones —153 metros de longitud, 90 de anchura en el crucero y 90 metros de altura hasta la base de la linterna— explican parte de la impresión que produce.

Pero es la cúpula de Filippo Brunelleschi la que convierte al conjunto en una obra extraordinaria. Construida entre 1420 y 1436, constituye una de las grandes hazañas de la arquitectura y la ingeniería de todos los tiempos. Su estructura de doble cúpula, levantada sin las tradicionales armaduras de madera capaces de sostener semejante peso, continúa siendo una expresión admirable de la inteligencia creadora del ser humano.

Frente a ella, junto a mi familia, rodeada por visitantes que hablaban lenguas diferentes, pensé que pocas imágenes expresan con tanta claridad la universalidad de la cultura. Allí estaban, reunidos alrededor de una misma obra, cientos de personas procedentes de geografías, tradiciones y creencias diversas. Todos contemplaban fascinados la misma cúpula, la misma arquitectura, la misma belleza. Y quizá esa sea una de las grandes lecciones de Florencia: el arte puede convertirse en un lenguaje común cuando las palabras no bastan. La ciudad que vio nacer o crecer a tantos protagonistas del Renacimiento continúa convocando al mundo siglos después.

Al abandonar la plaza, la imagen de Santa María del Fiore permanecía detrás de nosotros, elevándose sobre los edificios y las calles. Florencia volvía a recordarme que algunas ciudades no se visitan simplemente para conocerlas. Se visitan para contemplar, para aprender y, sobre todo, para comprender hasta dónde puede llegar el espíritu humano cuando el conocimiento, la fe, y la imaginación se encuentran. Florencia es, por eso, mucho más que una ciudad italiana. Es una de las expresiones más luminosas del patrimonio cultural de la humanidad.

 

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Autor

Ingrid González de Rodríguez

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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