El tiempo no espera (I)

El tiempo no espera (I)

“Cuando sentimos que la vida va demasiado rápido”

Vivimos en un mundo acelerado. Hacemos prácti­camente todo deprisa. Desayunamos rápido porque tenemos que llegar al trabajo; comemos rápido porque hay otra actividad esperando; salimos rápido, regresamos rápido y hasta cuando tenemos un momento destinado al descanso pareciera que debemos aprovecharlo haciendo alguna otra cosa.

Vivimos corriendo.

Corremos detrás del trabajo, de los compromisos, de las responsabilidades, de las metas y, últimamente, también detrás de las notificaciones, los mensajes y las redes sociales. Siempre existe algo pendiente. Algo que responder. Algo que terminar. Algo que comenzar.

Y en medio de toda esa carrera hay una expresión que escucho cada vez con mayor frecuencia: el tiempo está pasando demasiado rápido.

No sé si se trata simplemente de una percepción provocada por la cantidad de ocupaciones que tenemos actualmente. El reloj continúa teniendo sesenta minutos y el día veinticuatro horas. Sin embargo, pareciera que los años se convirtieron en meses, los meses en semanas y las semanas apenas duran unos cuantos días.

Tengo la impresión de que acabamos de comenzar un año y, cuando venimos a darnos cuenta, ya estamos hablando nuevamente de Navidad.

Cuando era niño recuerdo lo interminable que podía resultar esperar mi cumpleaños. Desde meses antes comenzaba prácticamente una cuenta regresiva. Parecía que aquella fecha nunca llegaría. Literalmente, uno se desesperaba esperando.

Hoy ocurre todo lo contrario.

Ahora quisiera, algunas veces, decirle al tiempo: ve más despacio.

Porque cada cumpleaños llega demasiado rápido. Porque los años parecen pasar uno detrás de otro sin pedir permiso. Porque nuestros padres envejecen, nuestros hijos crecen y nosotros también vamos acumulando años mientras muchas veces seguimos diciendo: “después lo hago”, “otro día voy”, “cuando tenga tiempo lo llamo”.

Hay una expresión del Salmo 90 que cada vez cobra más sentido para mí: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato”.

No se trata de contar los días con temor. Se trata de comprender que son limitados.

Tal vez ahí está el problema de esta vida acelerada: no solamente sentimos que el tiempo pasa rápido, sino que muchas veces actuamos como si fuera infinito.

Posponemos conversaciones.

Posponemos visitas.

Posponemos abrazos.

Posponemos ese café con alguien que queremos.

Posponemos llamar a nuestros padres, visitar a nuestros abuelos, compartir con nuestros hijos o reencontrarnos con un amigo porque pensamos que habrá otra oportunidad.

Y casi siempre suponemos que habrá un mañana.

Pero nadie puede garantizarlo.

Vivimos preocupados por aprovechar el tiempo para producir más, trabajar más y resolver más cosas. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos si estamos aprovechando el tiempo para vivir mejor.

Tal vez deberíamos comenzar a medir nuestros días de otra manera.

No solamente por cuántas tareas completamos.

También por cuántas personas abrazamos.

Por cuántas conversaciones tuvimos sin mirar el teléfono.

Por cuántas veces dijimos “te quiero”.

Por cuántas veces estuvimos presentes cuando alguien nos necesitó.

Porque puede llegar un momento en el que tengamos todo el tiempo que antes decíamos no tener, pero ya no tengamos a la persona con quien queríamos compartirlo.

Y sobre eso quiero detenerme en la próxima entrega.

Porque quizás una de las enseñanzas más importantes que puede dejarnos este tiempo que parece ir tan deprisa es muy sencilla:

hay cosas que no debemos seguir dejando para después.

 

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Autor

Henry Arias Abad

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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