Saludos, amigos lectores.
Durante años hemos hablado del inmenso potencial turístico de la República Dominicana mirando casi siempre hacia nuestras playas. Sin embargo, este fin de semana, en Jamao al Norte, recordé que el futuro del turismo también se escribe entre montañas, ríos y comunidades que se resisten a perder su identidad.
La conformación de la Mesa de Turismo de Espaillat no debería verse como un acto aislado. Es, en mi opinión, una señal de madurez. Cuando alcaldes, empresarios, organizaciones comunitarias y el sector turístico deciden sentarse en una misma mesa para hablar de su futuro, es reconfortable.
Me parece acertada la propuesta “Veredas Luminosas”, inspirada en el Camino de Santiago. No porque pretenda copiar un modelo europeo, sino porque reconoce algo que siempre ha estado ahí: los caminos rurales de Jamao, Villa Trina y Gaspar Hernández que poseen un enorme valor paisajístico, cultural y humano, sobre todo para los que buscamos conectar con la gente, el campo, los árboles.
El turista de hoy busca experiencias auténticas, y pocas son tan auténticas como caminar por senderos donde la naturaleza y la vida campesina conviven en armonía.
Pero también debemos ser honestos. Los proyectos turísticos no sobreviven únicamente con buenas ideas. Necesitan voluntad política, inversión e infraestructura. El puente sobre el río Yásica, reclamado nuevamente por los líderes de Espaillat, es mucho más que una obra de ingeniería; representa la posibilidad de integrar dos provincias hermanas y de acercar el flujo de visitantes que llega por los puertos de Puerto Plata hacia el corazón verde de la cordillera Septentrional.
Igualmente válida resulta la petición de incluir a Espaillat dentro de las excursiones ofrecidas a los cruceristas, pero esto tendría que contar con una logística, que llevará tiempo de programar y de consolidar para poder ofrecer una experiencia que sea divertida.
Creo firmemente que el turismo dominicano necesita diversificarse. El modelo de sol y playa seguirá siendo nuestro gran atractivo, pero no puede ser el único. Las montañas generan empleo, frenan la migración rural, impulsan el emprendimiento femenino y convierten la conservación ambiental en una actividad económicamente viable.
Ojalá que esta Mesa de Turismo no quede archivada en fotografías ni en actas de reuniones. Ojalá que dentro de algunos años podamos recorrer esas veredas luminosas y decir que todo comenzó cuando una comunidad decidió creer en sí misma.
También, quiero que allí, entre montañas cubiertas de verde, ríos cristalinos, gastronomía tradicional, cacao, café y un patrimonio natural capaz de enamorar a cualquier viajero, se vea cubierta de turistas.
Hay que trabajar mucho. Hay que seguir apoyando a las comunidades y hay que apoyar la propuesta del Clúster Ecoturístico de Espaillat, porque esa visión puede ir más allá de atraer visitantes: puede construir un destino sostenible donde los beneficios lleguen a quienes viven en el territorio. Nos vemos la próxima semana.
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