El estrecho de Ormuz vuelve a ocupar el centro de la atención internacional y confirma una de las grandes verdades de la geopolítica: la geografía continúa siendo un factor decisivo en la distribución del poder mundial. Situado entre Irán y la península arábiga, este estrecho conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo.
En su punto más estrecho tiene apenas 54 kilómetros de ancho. Sin embargo, por sus aguas transitaba en 2025 alrededor de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, unos 20 millones de barriles diarios. La mayor parte de ese petróleo tiene como destino los mercados asiáticos. Por eso, lo que ocurre en Ormuz no puede considerarse únicamente un episodio del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Su importancia trasciende las fronteras de ambos países y alcanza a la economía mundial.
La tensión ha aumentado en los últimos días. Teherán insiste en que el estrecho permanecerá bajo su control, mientras Washington mantiene la presión sobre Irán y el presidente Donald Trump ha llegado a plantear que Estados Unidos podría asumir el control del estratégico paso marítimo. Las declaraciones han elevado todavía más la incertidumbre en torno a la navegación internacional.
Aquí aparece con claridad el concepto geopolítico de los puntos de estrangulamiento. Son espacios geográficos cuya importancia no corresponde a su tamaño, sino a la capacidad que tienen para condicionar grandes flujos comerciales, energéticos o militares. Ormuz es uno de los ejemplos más importantes del mundo. Una interrupción prolongada de su tráfico tendría consecuencias que irían mucho más allá de Oriente Medio. Afectaría el suministro energético, elevaría los costos del transporte marítimo y podría presionar nuevamente los precios del petróleo, los combustibles y numerosos productos.
También tendría consecuencias sobre el gas natural, pues una parte significativa de las exportaciones de gas natural licuado de Catar y Emiratos Árabes Unidos transita por este estrecho. La dimensión asiática es igualmente importante. China, India, Japón y Corea del Sur se encuentran entre los principales destinos del petróleo que atraviesa Ormuz. Por tanto, cualquier crisis en este punto estratégico puede alterar decisiones económicas y políticas en países situados a miles de kilómetros de allí.
La situación demuestra, además, que el poder en el siglo XXI no depende exclusivamente de la capacidad militar. También reside en la posibilidad de controlar rutas marítimas, energía, mercados y cadenas de suministro. Ormuz nos recuerda, en definitiva, que un pequeño espacio geográfico puede adquirir una enorme dimensión estratégica.
En la geopolítica mundial, la ubicación sigue siendo poder. Y cuando esa ubicación controla una parte esencial de la energía que mueve la economía global, cualquier conflicto local puede convertirse rápidamente en un problema para el mundo.
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