Todos los gobiernos dominicanos, tan pronto han considerado que una obra, como sería la construcción de una carretera para conectar dos o tres provincias o ciudades, contribuirá a elevar el apoyo y admiración procedentes de sus gobernados, sin averiguar los antecedentes buenos y malos que caracterizaron alguna otra carretera construida previamente para un acceso más afortunado, limpio y destacable por el orden, por su ambiente decoroso y la exacta amplitud y geometrizada visibilidad de su entorno, para esa o para conectar otras provincias o municipios, pues mucho tiempo antes de iniciar el estudio de factibilidad y exponer los posibles hechos desagradables que ocurrirán, dados los hábitos y costumbres de nuestra población, tras construir la probable vía, inician los spots publicitarios promoviendo los beneficios que aportará la carretera para aquellas ciudades y para todo el país.
Es exactamente lo que ha sucedido con el anunciado proyecto de construcción de la llamada “Autopista del Ámbar” cuyo fin es, según se ha dicho, reducir el tiempo de viaje entre los municipios Santiago y Puerto Plata entrando por el lado sur de este último.
Nadie, mentalmente sano, criticaría la construcción de una carretera en pleno siglo 21 a menos que crea que sin caminar como quiera se camina, o a menos que hacer la carretera traiga como consecuencia la muerte del agua o la muerte del tiempo.
Por tanto, el presente artículo no abriga la intención de criticar la decisión del Estado de construir la “Autopista del Ámbar”, sino recordarle al Estado lo que pusiera en boca del personaje Sherlock Holmes, el afamado novelista Arthur Conan Doyle (Las aventuras de Sherlock Holmes), que hay gente que cuando tienen un sombrero en sus manos apenas piensan en para qué sirve el sombrero. No toman en cuenta el coste del sombrero, la calidad del sombrero ni las precauciones que tomó el fabricante al hacerlo para evitar que alguien en la casa del propietario lo lavara o doblara indelicadamente y así quebrar el valor visual y arquitectónico del sombrero.
Decimos esto para rememorar lo sucedido con la esplendorosa avenida Manolo Tavárez Justo construida en 2006 para dar acceso a la ciudad de Puerto Plata, cuyo diseño se concibió majestuosamente pensando en despertar los halagos de los visitantes extranjeros y nativos que visitaran la única ciudad costera de nuestro país que tiene a su espalda una loma de casi 800 metros de altura.
¿Qué pasó con la avenida Tavárez Justo tras su entrada en servicio y de toda la obsequiosidad de los elogios recibidos aquella vez?
Bueno, en Psicología Social se dice que una persona común o educada puede decir que comprende el valor de una cosa, una obra o de una acción beneficiosa para una comunidad no importa el tamaño, solo si comprende su causa u origen y su utilidad y méritos tanto en lo inmediato como al largo plazo.
La cuidadosa elección del diseño que visualizó aquella avenida de entrada a la urbe puertoplateña para que fuera objeto de comentarios afirmativos de gente educada y también de ‘chiriperos’ aunque desconocieran qué es un radio de curvatura, una inclinación transversal y la visual de fondo lejano y redondez sin obstáculos de puntos ciegos de una avenida de acceso a una gran ciudad, quedó en el olvido. Y aquel desinterés en cuidar aquella obra dejó dicho que quienes debieron protegerla no comprendieron el valor, los méritos estéticos y arquitectónicos de la misma.
Aquel olvido, aquella falla en cuidar el significado del diseño que destacaba el esplendor, la arquitectura de la avenida Tavárez Justo, dio lugar a que cientos de personas en menos de un año construyeran sobre el margen norte de dicha avenida, todo tipo de tarantines, negocitos, talleres de mecánica, de reparación de neveras, estufas y muebles, “tapadera” de gomas, paradas de motoconcho, ventorrillos, colmados, cafeterías, bares, reparadoras de camas y colchones, ‘cuarterías’ de alquiler y dormitorios de alquiler de pago “por noche”. Es decir, se toleró una transformación brutal del entorno de esa fabulosa entrada hasta el punto que solo algunos meses después de su inauguración quedó totalmente ARRABALIZADA.
Hoy, el que una vez fuera un rimbombante acceso a una ciudad que se esforzaba en alcanzar un merecido reconocimiento de millones de turistas, lo convirtieron en una especie de “mercado afgano”.
Así que, a fin de que no se repita esta triste y pesarosa historia con la “autopista del ámbar”, sugerimos al Gobierno que una vez concluida la obra, tome decisiones indeclinables sobre su entorno para evitar la arrabalización de esa nueva entrada a la ciudad de la llamada “Novia del Atlántico”.
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