Interlíneas edición 1 de mayo 2026

Interlíneas edición 1 de mayo 2026

¡Buenos días amigos!... Hay ciudades que crecen hacia arriba, y hay otras que crecen hacia adentro. Santiago, con su pulso firme y su memoria viva, parece haber elegido ambas direcciones: se eleva en concreto y se profundiza en identidad. En medio de ese movimiento, casi como un susurro que se vuelve canto, la calle Benito Monción se abre paso no solo como un trayecto, sino como una declaración.

Doscientos metros pueden parecer poco en el mapa, pero hay distancias que no se miden en longitud, sino en intensidad. Esta calle, breve en extensión y vasta en significado, condensa una idea poderosa: la ciudad no necesita expandirse para transformarse; basta con mirarse a sí misma con otros ojos. 

Y eso, precisamente, es lo que ocurre aquí. Caminar por la Benito Monción no es desplazarse, es entrar en un estado. El ruido de los motores cede su protagonismo al murmullo humano, a la risa compartida, al eco de una guitarra que se escapa desde alguna puerta entreabierta.

Es una coreografía espontánea donde cada paso parece tener sentido, donde el peatón deja de ser tránsito para convertirse en protagonista. Y entonces, uno entiende: la modernidad no siempre llega en forma de rascacielos. A veces se manifiesta como un banco bien colocado, una luz cálida al atardecer, una mesa en la acera donde el tiempo se sienta a conversar. 

En la Benito Monción, la ciudad se humaniza, y en ese gesto aparentemente simple, ocurre algo radical. Porque sí, hay comercio. Hay bares, restaurantes, vitrinas que invitan. Pero lo que realmente se negocia aquí es otra cosa: experiencias, encuentros, memorias en construcción. 

El dinero circula, pero lo que se acumula es sentido. Cada negocio es también una historia, cada fachada un intento de diálogo entre lo que fuimos y lo que aspiramos a ser.

Y en ese tejido, el arte no aparece como ornamento, sino como columna vertebral. 

Espacios como Casa de Arte o “Las 37 Por Las Tablas” no son puntos en el mapa: son latidos. Lugares donde la ciudad se piensa, se cuestiona, se reinventa. Donde la cultura deja de ser evento para convertirse en hábito, en respiración cotidiana.

Hay algo profundamente seductor en esa mezcla. Tal vez sea la sensación de pertenecer a un lugar que no se conforma con existir, sino que insiste en significar. Tal vez sea la intuición de que estamos frente a una ciudad que empieza a entender que su mayor riqueza no está en lo que importa, sino en lo que expresa.

Sin embargo, no todo es celebración. Toda transformación trae consigo una pregunta incómoda: ¿para quién se construye la ciudad? La peatonalización, el embellecimiento, la vida cultural… ¿son accesibles, inclusivos, sostenibles? ¿O corren el riesgo de convertirse en postales bonitas para unos pocos?

Es aquí donde la Benito Monción se vuelve también un espejo. Nos obliga a mirar más allá del entusiasmo y a preguntarnos si este modelo puede replicarse sin perder su esencia. Porque lo auténtico no se copia, se cultiva. Y cultivar implica cuidar, escuchar, corregir.

Aun así, hay algo innegable: esta calle ha logrado lo que muchas ciudades persiguen sin éxito. Ha creado un espacio donde el pasado y el presente no compiten, sino que conversan. Donde el desarrollo no borra la identidad, sino que la amplifica.

Quizás, en el fondo, la Benito Monción no sea solo una calle. Tal vez sea una metáfora de lo que Santiago puede llegar a ser: una ciudad que avanza sin olvidar, que innova sin romper, que crece sin perder su alma.

Y mientras cae la noche y las luces comienzan a dibujar otra versión del mismo lugar, uno comprende que hay transformaciones que no hacen ruido, pero cambian todo. Esta es una de ellas…Dios los bendiga en cada amanecer.

 

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Autor

Servio Cepeda Baré

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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