¡Buenos días amigos!... Mientras escribía estas líneas de hoy, reflexionaba que hay huellas que desaparecen con la primera lluvia y otras que el tiempo, lejos de borrarlas, las vuelve más profundas. Son las que dejan quienes comprendieron que la vida no consiste únicamente en transitar por el mundo, sino en transformarlo, aunque sea de manera silenciosa. Vivimos en una época fascinada por lo inmediato, por el brillo fugaz de la notoriedad y por la ansiedad de ser vistos. Sin embargo, el verdadero prestigio nunca ha necesitado hacer ruido. Habita en la memoria agradecida de quienes un día encontraron una mano tendida, una palabra oportuna, una enseñanza generosa o un gesto que cambió el rumbo de sus vidas.
Pensaba en ello mientras observaba el emotivo homenaje que la Clínica Corominas rindió al doctor Luis Grullón Estrella, al incorporarlo a su Mural de los Recuerdos con motivo de sus cincuenta años de ejercicio profesional. No era una despedida ni un ejercicio de nostalgia. Era algo mucho más valioso: el reconocimiento en vida a un hombre que ha dedicado medio siglo a la medicina y cuya trayectoria continúa inspirando a colegas, discípulos y pacientes. Hay gratitudes que no deberían esperar la ausencia para ser pronunciadas.
Su hermano, el doctor Fernando Grullón Estrella, resumió con admirable sensibilidad aquello que muchas veces resulta imposible expresar. Dijo que hay historias que no se miden por el tiempo, sino por la profundidad de la huella que dejan en el corazón de una institución y de una comunidad. Esa frase adquiere un significado especial cuando quien la inspira puede escucharla. Pocas recompensas son tan nobles como descubrir que el trabajo de toda una vida ha florecido en el afecto y el respeto de quienes caminaron a nuestro lado.
La doctora Christina Mella recordó que el verdadero legado del doctor Luis Grullón Estrella no está en los cargos ocupados ni en los reconocimientos recibidos, sino en las familias que ha ayudado a formar y en los innumerables niños que ha traído al mundo. El doctor Frank Espino evocó al maestro exigente que entendía que la disciplina era otra forma de cuidar la vida. De pronto, uno comprende que la inmortalidad no comienza cuando una persona parte, sino cuando su ejemplo empieza a multiplicarse en quienes tuvieron el privilegio de aprender de ella.
Quizá por eso las instituciones necesitan cultivar la cultura del reconocimiento. No únicamente para preservar la memoria, sino para agradecer a tiempo. Porque decir "gracias" mientras quien recibe ese homenaje aún puede sonreír, emocionarse y abrazar a quienes lo distinguen es una de las expresiones más elevadas de humanidad. Reconocer en vida también es una forma de honrar el futuro.
Esa misma reflexión apareció horas después, aunque en un escenario muy distinto, con la visita del senador Omar Fernández al Mercado Modelo de Santiago. Entre los estrechos pasillos donde cada día se cruzan comerciantes, compradores y visitantes, el joven legislador caminó sin prisas, escuchó inquietudes, estrechó manos y conversó con quienes sostienen buena parte de la actividad económica de la ciudad. A veces la política olvida que antes de administrar presupuestos debe aprender a escuchar historias.
No sé si aquellos saludos cambiarán el destino del país, pero sí sé que las carreras públicas se construyen, o se desgastan, en esos pequeños encuentros donde las personas dejan de ser estadísticas para recuperar su nombre y su rostro. La cercanía sigue siendo una de las formas más nobles de hacer política, porque escuchar también es una manera de gobernar, incluso antes de ocupar la más alta responsabilidad.
Mientras tanto, desde otro escenario completamente distinto, llegaba una noticia que llenó de orgullo a los dominicanos. Chichí Peralta será distinguido con el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de la Grabación. Los galardones suelen reconocer un instante brillante; este, en cambio, celebra una vida dedicada a la música, una obra que aprendió a dialogar con el Caribe sin renunciar a la universalidad.
Hay artistas que interpretan canciones y hay otros que terminan interpretando la identidad de un pueblo. Chichí pertenece a estos últimos. Sus composiciones han demostrado que las raíces no son cadenas que inmovilizan, sino alas que permiten llegar más lejos. Quien conoce de verdad su origen nunca teme abrirse al mundo.
Al observar estos tres acontecimientos comprendí que, en realidad, hablaban de lo mismo. Un médico, un político y un músico parecían recorrer caminos diferentes, pero todos terminaban formulando la misma pregunta silenciosa: ¿qué quedará de nosotros cuando el tiempo siga caminando sin nuestra compañía?
Esa pregunta, que suele aparecer solo cuando la prisa se detiene, merece acompañarnos con mayor frecuencia. Nos obliga a revisar la manera en que ejercemos nuestro trabajo, la calidad de nuestras relaciones y el sentido de nuestras decisiones. Porque nadie será recordado únicamente por lo que logró para sí mismo, sino por aquello que hizo posible en la vida de los demás.
Al final comprendemos que el tiempo no conserva los aplausos. Conserva los afectos. No archiva los cargos, sino la generosidad con que fueron ejercidos. No inmortaliza los discursos, sino la coherencia entre las palabras y los actos. Todo lo demás termina siendo apenas una fotografía amarillenta.
Quizá esa sea la lección más hermosa que dejaron estas historias. La vida nos concede muchas oportunidades para alcanzar el éxito, pero muy pocas para convertirnos en recuerdo agradecido. Y cuando llegue el momento inevitable de partir, tal vez no importe cuántas veces pronunciaron nuestro nombre, sino cuántos corazones continúen sintiendo nuestra ausencia. Porque, al final, la única eternidad que realmente nos pertenece es la que logramos sembrar en la memoria de los otros…Dios los bendiga en cada amanecer.
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