¡Buenos días amigos!... Hay personas que no pasan por la vida: permanecen en ella. No lo hacen únicamente por las obras que realizaron, sino por la manera en que habitaron el corazón de los demás. El pasado jueves, cuando la tierra abrió su regazo en Palmar Abajo, Villa González, para recibir a Rita Casia Fermín Díaz, comprendí que existen despedidas que no clausuran una existencia, sino que inauguran una memoria. Con ella no solo partió una extraordinaria artista de la repostería dominicana; se fue una mujer cuya vida fue capaz de convertir la dulzura en una forma de amar.
La despedimos entre el silencio de quienes conocían la dimensión de su legado y la gratitud de quienes alguna vez recibimos un gesto suyo. Para muchos fue la gran maestra de los pasteles de bodas; para otros, una artesana incomparable. Para mí fue, sencillamente, la querida tía Rita, una amiga entrañable cuya presencia quedó enlazada para siempre a la historia de mi familia.
Nuestra amistad comenzó en abril de 1988. Mi comadre Yanet Ramia de Llaverías invitó a mi esposa y a mí a escoger el pastel para el cumpleaños y el bautizo de nuestro hijo Servio Augusto. Aquel encuentro, aparentemente cotidiano, terminó convirtiéndose en el inicio de una amistad inquebrantable. Desde entonces, cada octubre esperaba su llamada para recordarme, con la complicidad de su sobrina Eridania, que el pastel de mi cumpleaños ya estaba listo. Era una tradición sencilla, pero en ella cabía toda la delicadeza de su afecto.
Este octubre el teléfono permanecerá en silencio. Sin embargo, sé que la memoria encontrará la forma de hacer sonar esa llamada una y otra vez. Porque hay ausencias que llegan envueltas en gratitud, y basta recordar una voz, una sonrisa o un detalle para descubrir que el cariño auténtico nunca abandona del todo la casa del alma.
Rita poseía un talento excepcional para transformar lo sencillo en extraordinario. Allí donde otros veían harina, azúcar y mantequilla, ella contemplaba un lienzo en blanco. Cada pastel era una obra concebida con la paciencia de un artesano, la sensibilidad de un pintor y el rigor de un arquitecto. Medía, trazaba, modelaba y corregía hasta alcanzar una armonía casi perfecta. Su repostería no solo alimentaba el gusto; cautivaba la vista y despertaba la emoción antes del primer bocado.
En sus manos el azúcar adquiría la delicadeza del mármol y el lustre parecía obedecer a un escultor invisible. Sus flores parecían recién cortadas de un jardín imaginario y sus decoraciones tenían la elegancia de las obras destinadas a permanecer. Comprendía que un pastel no era un simple postre, sino el símbolo de un instante irrepetible: una boda, un bautizo, un aniversario o un cumpleaños que las familias guardarían para siempre entre sus recuerdos más felices.
Detrás de aquella excelencia existía una mujer que nunca dejó de aprender. Desde muy joven cultivó las artes y las manualidades. Estudió en el Politécnico Femenino Nuestra Señora de las Mercedes, perfeccionó su sensibilidad artística en Bellas Artes y amplió su formación especializada en California Career School, donde obtuvo el título de Maestra en Repostería. También confeccionó ropa, elaboró tejidos, bordados y recuerdos artesanales. Incluso asumió responsabilidades públicas al dirigir la Oficina de Pasaportes en Santiago. Pero, entre todos los caminos que recorrió, fue la repostería el lenguaje donde encontró su verdadera vocación.
Desde 1986 desarrolló un estilo inconfundible que la convirtió en una de las más prestigiosas y solicitadas reposteras del país, especialmente en la elaboración de pudines de boda. Sus creaciones acompañaron cientos de celebraciones y fueron testigos silenciosos de promesas de amor, nacimientos y reuniones familiares. Sin proponérselo, fue escribiendo una parte de la historia sentimental de Santiago y de la República Dominicana con azúcar, colores y belleza.
Pero su obra más admirable no reposaba sobre una mesa de exhibición. Estaba en la forma respetuosa con que trataba a las personas, en su humildad intacta pese al reconocimiento alcanzado, en la generosidad con que compartía sus conocimientos y en la serenidad con que enfrentaba cada desafío. Nos enseñó que la excelencia nunca necesita de la arrogancia y que la verdadera grandeza consiste en poner el talento al servicio de los demás.
Hoy la repostería dominicana pierde a una de sus más grandes creadoras, pero quienes la conocimos sabemos que ningún horno puede apagar una vocación sembrada en tantos corazones. Sus obras desaparecerán, como desaparecen todos los pasteles después de la celebración, pero el amor con que fueron concebidas seguirá alimentando la memoria de quienes tuvieron el privilegio de compartir su amistad.
Quizá esa sea la más hermosa lección que nos deja Rita Fermín: la vida, como la mejor repostería, exige paciencia para mezclar los ingredientes, disciplina para respetar los tiempos, sensibilidad para cuidar los detalles y generosidad para compartir el resultado. Todo lo demás termina desvaneciéndose. Solo permanece aquello que fue amasado con amor.
Descansa en paz, querida tía Rita. El horno de la tierra ha apagado su fuego, pero en la inmensa repostería de Dios habrá una mesa donde la belleza seguirá encontrando tus manos. Y mientras exista alguien que recuerde tu sonrisa, admire una flor de azúcar o contemple un pastel hecho con verdadero amor, allí seguirás viviendo, silenciosa y luminosa, endulzando para siempre la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocerte…Dios los bendiga en cada amanecer.
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