Nuestro jefe de Estado, Luis Abinader, vino a Santiago y anunció que el Gobierno construirá un hospital de Segundo Nivel de Atención en La Canela y otro con las mismas características en Pedro García. También dijo que se harán reparaciones en los tres grandes hospitales de Atención Terciaria de esta provincia.
Jean-Paul Sartre (1905-1980), el conocidísimo filósofo francés creador del Existencialismo, dice en la más leída de sus obras, “El ser y la nada”, que el ser humano al tomar decisiones o mostrar actitudes favorables sobre hechos concretos de la vida cotidiana, lo hace acogiéndose a dos principios básicos: el principio del deseo y el principio de realidad.
En Psicología, el deseo se define como una evocación que refleja hacia un objetivo o logro de algo para cuya satisfacción se requiere disposición y voluntad. Y en Filosofía la realidad o lo real se considera todos aquellos elementos, fenómenos, hechos, objetos tangibles y medibles que observamos y que podemos verificar por métodos científicos.
Excelentísimo señor presidente, nunca he rehuido decir públicamente lo que creo sensato decir tanto como seguidor de un gobierno o como opositor al gobierno de turno. Lo he hecho así a partir de 1970 cuando fui alumno del doctor Amiro Pérez Mera, eminentísimo profesor de Medicina Preventiva en la Facultad de Medicina (UASD).
Para ilustrarnos sobre cómo es que resulta eficaz y eficiente la atención sanitaria para cualquier sociedad, Pérez Mera nos describió la llamada “metáfora del acordeón”. El acordeón —dijo—, tiene teclas para tocarse con las manos del acordeonista. La mano derecha ejecuta la melodía, que es la parte principal, sonora, rítmica y destacable de cualquier merengue. La mano izquierda toca los acordes que facilitan la armonía.
Un manco de la mano derecha no tocaría un merengue porque no hay mano para la melodía. Pues algo así sucede con el sistema de salud de un país. La “mano derecha” de ese sistema es la Prevención de Enfermedades y la “mano izquierda” es la encargada del manejo de enfermos cardiovasculares, diabéticos, internamientos para cirugías, tuberculosos, alcohólicos, cirróticos, ulcerosos, diarreicos, asmáticos, infecciones y cancerosos, concluyó aquel competente profesor.
Con los años, los alumnos del profesor Pérez Mera, nos dimos cuenta que él le dio un colorcito cibaeño a la famosa parábola de “El precipicio y la ambulancia”. Consiste en que si ocurriera que decenas de personas están cayendo en el fondo de un precipicio, la decisión correcta no es tener allí una ambulancia que traslade muertos y heridos al hospital, sino evitar que quien esté empujando a sus vecinos por el precipicio lo siga haciendo.
En 1941, se aprobó la Ley No. 617 que instituyó por primera vez que los médicos recién graduados debían hacer un año de “Pasantía Médica” durante el cual practicarían en los establecimientos de salud del Estado lo que hoy llamamos “medicina social”.
Por primera vez, los habitantes de campos y pueblos pequeños dispusieron de un médico que vigilaba a las embarazadas, atendía a parturientas, a recién nacidos y ponía vacunas contra viruela, tuberculosis, tétanos, la polio, curaba heridas, planificaba la dedetización periódica de viviendas contra el mosquito Aedes del paludismo y daba seguimiento preventivo a las enfermedades de transmisión sexual mediante la expedición de una tarjeta blanca a la prostituta libre de gonorrea, sífilis o chancro y tarjeta amarilla a la que tuviera síntomas de cualquiera de esas enfermedades. Sus clientes potenciales podían pedirles que les mostraran el color de su tarjeta, previamente. (Vea el próximo lunes la segunda parte).
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