Urgencia extrema de honestidad

Urgencia extrema de honestidad

Cuando en sociedades como la dominicana afloran tantas carencias, sobre todo en valores, muchas veces se hace difícil definir y caracterizar prioridades de cara a formular un plan preventivo. Quizás por eso el universo dominicano está clamando a voces qué, desde la escuela, se comiencen a trabajar en asuntos como: las buenas costumbres, el cuidado e higiene medioambiental,  ahorro doméstico, educación vial, leyes del tránsito, y formas del buen vivir, entre otras. Pensar en la escuela para revertir estas carencias, es olvidar que la escuela tiene, conforme a su naturaleza, sus propios  planes y  programas. Sin embargo, de modo excepcional es necesario apuntar hacia la escuela pública, y la privada (nivel de primaria y bachillerato), como un canal esencial para operar, preventivamente, urgencias sociales como el valor de la honestidad y la prevención de violencia de género. De este modo la sociedad tendría bajo resguar­do la convivencia familiar, la sobrevivencia ética y la decencia social.

La honestidad es un valor que al hacerse presente entran en juego otros valores, como la honradez, la responsabilidad, el respeto por sí mismo/a, y de las cosas que se les han confiado, incluyendo la guarda de los recursos y bienes colectivos. Ella también repara en lo justo, lo correcto y lo veraz. Abrazarse a lo honesto, ayuda a ponderar mejor cuánto llanto, vergüenza, descrédito y arrepentimiento tardío provoca en hombres y mujeres la carencia de ese valor. Quienes, en su accionar deshonesto, aún no asimilan este razonamiento, viven a la expensa de que, por buena suma de dinero, juristas bien entrenados en esas lides, les hagan magistral defensa. A ellos les favorece, además, esta coyuntura en la cual el mundo ha invertido los valores en base a un relativismo lleno de confusión entre la verdad y la falsedad, lo bueno y lo malo, lo finito y lo imperecedero.

En estos tiempos, hasta el lenguaje jurídico y el periodístico, les son, en muchos casos, favorables a quienes delinquen, pues aunque se les halle frente a su delito, y se cuente con todas clases de pruebas, se les continúa llamando, eufemísticamente, como “presuntos” o “supuestos”...  a esto se une el principio jurídico de la Presunción de Inocencia. Ahora también está prohibido que, a casos de operaciones asociadas al crimen organizado, se le asignen, para caracterizarlos, ciertos motes, como por ejemplo, Medusa, Pulpo y otros. Piensan que esto vulnera sus derechos. Nótese que no es así la sensibilidad de cara a las víctimas. Hay que denunciar y combatir la deshonestidad, e ir haciendo espacios mentales para el advenimiento de un período en que todas esas consideraciones para quienes delinquen, sean severamente cuestionadas y desterradas en función del agravio recibido por la sociedad o persona individual.

Hay razón suficiente para insistir en que, desde la escuela, y además, otros espacios con herramientas idóneas, se actúe programáticamente para arraigar, como principio, el valor de la honestidad, y el respeto por la cosa ajena por encima del interés ­personal, familiar o social. Para tener esta condición interiorizada, solo hay que poseer voluntad y conciencia del daño que se inflige a la sociedad, queriendo beneficiarse de lo que no es suyo. Uno de los mejores ejemplos de honestidad lo ha recibido el país, en el legado honorable de Juan Pablo Duarte, cuando devolvió el dinero restante de lo que había recibido para realizar una misión que se le había asignado.

Hace un buen tiempo que el valor de la honestidad en República Dominicana está transitando por sendas oscuras ante la mirada de todo el que lo quiera ver. Debido a la impunidad y a la tolerancia, hay quienes tienen ya el convencimiento de que cuando se va a robar, hay que coger buena cantidad, tanta que les alcance para pagar a buenos abogados, comprar lealtades, y que el monto de lo robado quede bien sólido.

Cuando una sociedad asume esa lógica desafortunada, es porque ya la ido razonando a luz de la impunidad judicial, la complicidad con el delito, la falta de control gubernamental, y la indolencia ante los bienes públicos y privados.

La seducción por lo ajeno está llevando al país a un descalabro moral. El colmo es que personas multimillonarias desde antes de nacer, van al Estado a defalcarlo, y así tener más y mucho más dinero. Esto es lo que mas se parece a una  compulsión enfermiza frente al dinero ajeno. El descalabro moral por el auge de la deshonestidad, es porque encuentra apoyo en la debilidad de las leyes, la componenda judicial, y  cierta tolerancia social que lleva implícita el menosprecio por las buenas costumbres, y su lógica es justificar el delito y el espacio para la inconducta. ¿Quién no ha escuchado decir, que alguien se robó una gallina, un racimo de plátanos, un abanico viejo, un chivo, y está preso por eso, y que en Cambio, el grupo que desfalco al Estado, o aquel que robó una millonada, andan sueltos como si no hubieran hecho nada?

Si bien estos casos son deplorables, y hablan muy mal del sistema de justicia dominicano, no se debe justificar el robo, ni al Estado, ni a la propiedad privada. Téngase en cuenta que no son pocos los delincuentes que atacan sin piedad a sus mismas gentes, en su mismo territorio. La honestidad no tiene que ver con robar poco o robar mucho, sino con la vocación de no tomar lo ajeno, además, quien roba una gallina, o cualquiera de los bienes señalados, sabe que es indebido hacerlo, además, si al momento de ver la gallina, ajena, ve otro asunto de mayor valor, también se lo llevará porque es deshonesto/a. Si hay realidades que debería estar sujetos a campaña permanente para contrarrestarla, son la deshonestidad y la prevención de violencia de género.   

 Actualmente la República Dominicana es un país asaltado por la delincuencia de alto, mediano, y de bajo nivel social, y ya se puede hablar de un deterioro moral que salta a la vista. Esta sociedad debe ser replanteada en función de las urgencias del presente, y las perspectivas en el tiempo. Aunque parezca ilusorio, hay que pensar y poner a los otros/ as a pensar en una sociedad que avance hacia otros paradigmas. Hay que imaginar en grande aunque sea una utopía. En una nueva visión de país adecentado, los abogados, las abogadas y su gremio, adopten por principio, negarse a defender delincuentes de ningún nivel social con caso de desfalco al Estado, asociación para robar, estafar, y matar para beneficiarse de lo ajeno. Lo que se trata es, de que la deshonestidad no encuentre un solo resquicio judicial, ni social para salvarse.

Hay que iniciar ya el proceso de visualización de una Sociedad Dominicana donde todas las relaciones sociales y humanas estén impregnadas de honestidad, como un nuevo credo inculcado programáticamente desde la educación, aunque nos cueste tiempo, mucha fe y confianza en que se va lograr. Eso es soñar en grande para algún día llegar, y ahí quedarse...

  Melania Emeterio R.

  Mayo 2026

 

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Autor

Lidia Melania Emeterio Rondón

Digital Press Platform

Equipo de redacción de Digital Press Platform.

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